domingo, 16 de noviembre de 2008

"Somos dueños de nuestros silencios... y esclavos de nuestras palabras".

Presumimos a veces de sinceridad
y de no callarnos ninguna...

Pero no siempre es lo adecuado,
a veces simplemente,
no sabemos escuchar,
otras... no interpretamos el silencio.

Muchas veces basta una mirada.
Una mirada sostenida.
Los ojos fijos en los ojos del otro,
tratando de adivinar el significado de los brillos.
De leer el futuro inmediato en el fondo de la pupila....

A veces quieres decir muchas cosas,
pero no te inquietes, aguántate las ganas.
Aprieta los labios, permite que las ideas circulen
dejalas aposar, que se queden adentro.

Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas.
Deja que los músculos se dibujen en el rostro.
Espera una señal, fuerza la respiración.
Juega con las manos, lentamente, cerca de la boca.

Piensa en lo que el otro piensa.
Analiza, espera.

La economía de las palabras...
una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura.

Un juego que practican, los que saben hacerse los locos.
Los que entienden que no todas las dudas,
merecen una frase.
Que la solución no siempre llega, por abrir la boca.

Si, ya se que quizas no estaras de acuerdo, pero...

¿Por qué decirlo todo?
¿Por qué no mantener en reserva
una parte de lo que se piensa?
¿Por qué no convertir en secreto,
esas ideas que hacen su aparición sin previo aviso,
al menos hasta que el tiempo las madure
y las transforme en ideas mas duraderas?

"Somos dueños de nuestros silencios...
y esclavos de nuestras palabras".


¿Por qué no entender, de una vez,
que la boca jamás lograra ser tan rápida,
como el cerebro?

Y que no todo lo que cruza por la mente
puede convertirse en palabras, ni lo merece?
Y que también se puede hablar con el gesto,
y que el silencio puede ser tan elocuente
que a veces incluso grita?

Se guarda silencio en los hospitales,
en las salas de los tanatorios,
en las sesiones de actos solemnes,
en la consulta del medico.

Se guarda silencio por pudor,
por respeto, por dolor...
por ese dolor incapaz de convertirse en llanto.
O cuando el llanto se agota...
y agota al que llora.


También se guarda silencio por temor,
cuando se cae un plato en la cocina,
y los que escuchan el estruendo imaginan lo peor.
El silencio de después del estruendo.
Después de la agonía, del choque, del disparo.

Habría que aprender a callar
sin otro motivo que por propia voluntad.

Callar para escuchar.
Callar para mirar.
Callar para aprender.
Callar para callar.

Callar,
para convertir el silencio en un cómplice.
para comprender que el silencio es el antifaz
de los sonidos mas hermosos.

Callar, para saber si el eco existe.

Callar,
porque no todo lo que conviene escuchar
se dice privadamente al oído,
con la intimidad de una confesión,
con el acento de las grandes revelaciones.

Habría que aprender a callar
solo por hacerse amigo del silencio ...

Pero tu por favor, no me hagas caso,
no te calles....al menos, conmigo
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