Hoy es la graduación de mi hijo David. Es un día muy especial. Hace casi diez años, todo empezó con un mal diagnóstico. Una psicóloga del centro educativo donde estudiaba David nos dijo que estaba abocado al fracaso escolar. Según ella, el problema era otro: yo debía dejar de trabajar y dedicarle más tiempo, porque le faltaba atención y estima materna. Podéis imaginar lo que sentí en ese momento. La culpa. La duda. El dilema que se abría ante mí como madre trabajadora. Pero ese error fue, en realidad, el inicio de todo. Me empujó a buscar respuestas. David era un niño despierto, con razonamientos bien estructurados, con carácter y las ideas claras. También era tozudo y tenía rabietas, como muchos niños. Pero algo no encajaba: no avanzaba en el colegio, su letra era muy pobre, sus dibujos parecían de un niño más pequeño y le costaba aprender las tablas de multiplicar. Un día, leyendo el periódico, encontré una entrevista a una psicóloga que hablaba del TDAH. Recuerdo decirle a ...