«Pequeñas gotas de agua llenan un océano» Cada uno debe recordarse que su pequeña contribución es decisiva cuando se suma al esfuerzo de los demás. Nunca me gustó la frase “nadie es imprescindible”. Prefiero pensar que todos somos necesarios. Mi hijo David, con seis años, era un niño despierto, con razonamientos estructurados y un carácter fuerte. Tenía las ideas claras para su edad, era tozudo y, a veces, tenía rabietas. Yo no podía entender que su tutora me dijera que no avanzaba en la escuela. Su letra era muy deficiente, sus dibujos correspondían a los de un niño más pequeño y le costaba seguir el ritmo de sus compañeros. Según la psicóloga del centro, estaba abocado al fracaso escolar. Con seis años, ¿ya se cuestionaba su futuro? Pero David tuvo suerte. Tenía una madre soñadora. Ese fue mi objetivo: soñar con el futuro de mi hijo hasta convertirlo en una meta. Quería que llegara a la universidad, algo que yo no había podido hacer. Con el tiempo entendí por qué: yo tamb...