Me llaman diferente porque vivo de forma desordenada, a destiempo, a impulsos, a mi manera.
Hay momentos en los que el entusiasmo me transporta. No sigo el calendario. Hago días de cien horas y horas que parecen durar cien días. A veces abrazo con tanta intensidad que dejo huella. Otras, en cambio, necesito esconderme y que una decisión decida por mí. Si hay error, prefiero que sea sin culpa.
Luego me regaño. Me exijo cambiar. Y no cambio. No sé si no puedo o no quiero.
Oscilo entre dos mundos. El mío, intenso, honesto, a veces caótico. Y el de los cuerdos, donde muchas veces se sobrevive con apariencias, se convive con culpas y se disfraza lo real de correcto. Un mundo donde se elige qué ver y qué oír, donde se comparten vacíos que se hacen pasar por vidas completas.
Y cuando todo eso se vuelve insoportable, me ausento sin irme. Me quedo, pero no estoy. Me voy a lugares imaginarios, imposibles pero coherentes para mí. Allí, incluso mi propia compañía puede incomodarme. Y aun así, hay una sensación de lucidez. Como si, en ese margen, la diferencia fuera una forma de cordura.
Me llaman diferente.
Y lo soy.

Comentarios