Hay algo que se ve cada vez más, en estudios y en la vida real: Muchas personas neurodivergentes no encajan en las categorías tradicionales de identidad o de orientación. No es algo nuevo. Ahora simplemente tenemos más palabras para nombrarlo. Investigadores como Simon Baron-Cohen, Varun Warrier o John Strang lo han descrito con datos. Pero cuando trabajas con personas, esto se entiende de otra manera. Hay quien no ha seguido el guion. Quien ha cuestionado más. O quien, directamente, nunca ha encajado en lo que se esperaba. Y eso también atraviesa la identidad. El problema casi nunca está ahí. El problema empieza cuando aparece el entorno. Cuando tienes que explicarte una y otra vez. Cuando tienes que traducirte para que te entiendan. Cuando adaptarte deja de ser una opción y pasa a ser la única forma de no quedarte fuera. Ahí es donde aparece el desgaste. Ansiedad. Aislamiento. Cansancio. No por quién eres. Por lo que cuesta sostenerlo en según qué contextos. Por eso, más que hablar...
Hay un concepto del mundo del branding que últimamente no me sale de la cabeza. Lo formuló Marty Neumeier en su libro ZAG (2006): en un mercado saturado de productos y mensajes que se repiten, la diferenciación tradicional ya no es suficiente. Lo que marca la diferencia es la diferenciación radical. Su fórmula es simple: cuando todo el mundo hace zig, haz zag. El zig es seguir el camino estándar. Lo que ya funciona, lo que todos hacen, lo que está validado. El zag es detectar que ese camino ya no aporta ventaja, y proponer otra lógica. No es hacer algo raro para llamar la atención. Es ver lo que los demás no ven porque están mirando todos en la misma dirección. Y entonces pensé en los cerebros neurodivergentes. Porque la investigación lleva años documentando algo que muchos de nosotros ya intuíamos: las personas con TDAH somos excepcionalmente buenas en pensamiento divergente. Generar ideas originales, conectar conceptos que nadie relacionaría, romper los moldes del problema sin da...