Hay algo que se ve cada vez más, en estudios y en la vida real:
Muchas personas neurodivergentes no encajan en las categorías tradicionales de identidad o de orientación.
No es algo nuevo.
Ahora simplemente tenemos más palabras para nombrarlo.
Investigadores como Simon Baron-Cohen, Varun Warrier o John Strang lo han descrito con datos.
Pero cuando trabajas con personas, esto se entiende de otra manera.
Hay quien no ha seguido el guion.
Quien ha cuestionado más.
O quien, directamente, nunca ha encajado en lo que se esperaba.
Y eso también atraviesa la identidad.
El problema casi nunca está ahí.
El problema empieza cuando aparece el entorno.
Cuando tienes que explicarte una y otra vez.
Cuando tienes que traducirte para que te entiendan.
Cuando adaptarte deja de ser una opción y pasa a ser la única forma de no quedarte fuera.
Ahí es donde aparece el desgaste.
Ansiedad.
Aislamiento.
Cansancio.
No por quién eres.
Por lo que cuesta sostenerlo en según qué contextos.
Por eso, más que hablar de identidades, conviene mirar otra cosa:
Cómo están diseñados los entornos.
Porque si solo funcionan bien para quien encaja en un perfil muy concreto, el resto vive en adaptación constante.
Y eso tiene un coste.
Cuando hablamos de inclusión, esto se vuelve muy práctico:
Hacer explícitas las normas.
Reducir la ambigüedad.
Crear espacios más claros y previsibles.
No es teoría.
Es aliviar carga real.
Y hay una forma bastante clara de medirlo:
¿Cuánto tiene que adaptarse una persona para poder estar?
Ahí es donde se ve si un entorno es inclusivo o no.
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