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El superpoder de no parar… y el arte de aprender a hacerlo

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Ser mujer, hiperactiva y no parar jamás

Hay una pregunta que me han hecho mil veces a lo largo de mi vida: “Anna, ¿es que no te cansas nunca?”

Y mi respuesta siempre ha sido la misma: sí, me canso. Claro que me canso. Pero parar… eso ya es otra historia.


Soy hiperactiva. Lo supe de adulta, como le ha pasado a muchas mujeres de mi generación. Durante años pensé que simplemente era intensa, exagerada, demasiado de todo. Demasiado entusiasta, demasiado impulsiva, demasiado apasionada. Y resulta que no era demasiado nada. Simplemente era yo.

Cuando pasas 25 años en la administración pública, fundas una asociación de TDAH que ha acompañado a más de 8.000 familias, colaboras con la universidad y además escribes un blog, la gente asume que tienes algún tipo de superpoder.

No tengo ningún superpoder. Tengo un cerebro que no sabe estar quieto. Y eso tiene sus luces y sus sombras.

La parte positiva es que nunca me he aburrido. Siempre hay un proyecto nuevo, una idea que explorar, una causa que defender. La hiperactividad me ha dado energía y una gran capacidad de conexión con las personas.

La parte más difícil es que, durante mucho tiempo, me he olvidado de mí misma. De parar. De respirar. De escuchar a ese cuerpo que, con los años, ha empezado a pedirme más atención.

No parar jamás no es lo mismo que vivir plenamente.

Hoy, en esta etapa de mi vida, me doy cuenta de algo importante. Parar, a veces, es un acto de responsabilidad con una misma.

No lo digo desde la renuncia, sino desde la experiencia. Seguiré siendo como soy. Seguiré creando, impulsando, conectando. Pero aprenderé a elegir mejor dónde pongo mi energía.

Porque ser mujer, hiperactiva y no parar jamás también implica saber cuándo darte permiso para respirar.


Anna López Campoy
Diario de una hiperactiva

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