Se habla mucho de sobrediagnóstico en TDAH. Se repite como si fuera una evidencia, como si el problema fuera que se diagnostica en exceso. Pero la realidad es otra.
No estamos ante un exceso de diagnóstico. Estamos ante un problema de cómo se diagnostica.
En muchos casos, el proceso se reduce a cuestionarios, observaciones superficiales, poco tiempo y poca profundidad. A veces incluso sin ver realmente a la persona. Así no se construye un diagnóstico, se construye una suposición.
Un diagnóstico serio no es un trámite. Requiere evaluación clínica, contexto, historia evolutiva y un buen análisis diferencial. Porque no todo lo que parece TDAH lo es. Pero también ocurre lo contrario: muchas personas con TDAH no están diagnosticadas o lo están tarde y mal.
Ese es el verdadero problema. Diagnósticos rápidos, imprecisos, sin base sólida.
Hablar de sobrediagnóstico de forma generalizada es simplificar. Y simplificar en este contexto tiene consecuencias. Porque cuando se diagnostica mal, se interviene mal, se etiqueta mal y se orienta mal. Y eso no es neutro. Se traduce en años de confusión, en intervenciones que no ayudan y en personas que no entienden qué les pasa.
El diagnóstico no es una etiqueta. Es una herramienta. Y como toda herramienta, si se usa mal, genera daño.
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