Cada ser humano viaja por el mundo con su equipaje a cuestas.
Es el resultado de su experiencia, de su aprendizaje.
Aunque llegamos al mundo con unas pautas marcadas por los genes, es el carácter y la educación lo que va modelando nuestra existencia y construyendo ese equipaje que cada uno lleva consigo.
Vamos caminando y almacenando aquello que nos hace crecer, madurar.
A veces endurecernos.
Otras, sensibilizarnos.
Ese equipaje va aumentando hasta que, en algún momento, necesitamos detenernos y revisarlo, para no olvidar lo que realmente somos.
Hace poco decidí hacerlo.
Un comentario sobre mi actitud me dejó sorprendida.
Pensé:
“Esto no puede ser… tengo que revisar qué es lo que creen que no tengo”.
Entré en ese almacén de recuerdos donde guardo lo aprendido, lo vivido, lo que fui y lo que aún me queda por aprender.
Busqué hasta encontrar aquello que decían que no estaba.
Tuve que sacudirle el polvo.
Estaba olvidado en el último rincón.
Pero estaba.
Era mi alegría.
Envejecida, oxidada por falta de uso… pero viva.
Esa alegría que tenía a flor de piel cuando era niña.
La que llenaba mi casa.
La que hacía sonreír a mi padre.
La que tanto le gustaba a mi abuela.
¿Dónde se había escondido?
¿En qué momento la dejé atrás?
Intenté recordar cuándo dejé de usarla.
En qué punto del camino la perdí.
No lo sé.
Solo sé que, en algún momento, la vida adulta, con sus responsabilidades y preocupaciones, fue ocupando su lugar.
Y me dolió darme cuenta.
Ser responsable no implica vivir desde la tristeza.
Ser honesta no exige mostrarse siempre seria.
Por eso hoy le pido disculpas a mi alegría.
Por haberla dejado de lado.
Y también a quienes me rodean, por no haber sabido mostrarla.
Ahora sé que tengo que aprender a convivir con todo lo que soy.
Guardar, sí.
Pero sin dejar de usar.
Equilibrar la alegría y la pena.
Para no perder el rumbo.
Para no perderme.
© Anna López Campoy
Fundadora TDAH Vallès · Diario de una Hiperactiva
Sí, presiento que este será un año alborotado. Podría utilizar muchas otras palabras, pero esa es la primera que me viene a la cabeza. Así que voy a intentar, antes de que termine el año, hacer una lista de todas aquellas cosas, personas, objetos, actuaciones o situaciones que no aportan paz a mi vida. Leí hace poco que hay valores, como la lealtad, que pueden entenderse de forma distinta según el ámbito de nuestra existencia. También leí que quienes arrastramos valores muy arraigados y no los modificamos a lo largo de la vida estamos, de algún modo, obsoletos. Yo discrepo. Los valores que utilizamos en nuestra vida son muchos y muy variados. Si la vida fuera un cesto y nos dieran a escoger solo tres, seguramente nos costaría decidir. Y si tú solo pudieras quedarte con tres, ¿cuáles elegirías? Yo escogería aquellos que siento que me definen y que, de algún modo, también he mamado desde la cuna. Honestidad Confucio La honestidad es uno...

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