Asistí a un curso llamado “La emoción de vender”. Curiosamente, no trataba tanto de vender como de algo previo: la importancia de estar emocionalmente bien para poder desempeñar cualquier actividad con criterio y eficacia.
El ponente utilizó una imagen sencilla. En la lucha libre existe “la esquinita”: ese lugar al que el luchador vuelve entre asaltos. Allí se sienta, recibe indicaciones, se recupera, ajusta la estrategia y vuelve al combate con más claridad.
En la vida cotidiana ocurre algo similar. A lo largo del día acumulamos desgaste: en el trabajo, en los estudios, en las relaciones. No hay un único frente. Por eso necesitamos un espacio donde parar, ordenar y recuperar energía.
Lo ideal sería que ese espacio fuera la familia. Un lugar donde encontrar apoyo, orientación y confianza. Y, al mismo tiempo, donde nosotros también podamos ofrecerlo.
Sin embargo, no siempre es así. A veces el conflicto está dentro de casa. Salir cada mañana con ese desgaste previo condiciona todo lo demás. Es como volver a la esquina y no encontrar cuidado, sino más presión.
Tampoco es sencillo que quienes nos rodean compartan nuestros procesos de cambio. Cada persona tiene su propio ritmo. Aun así, hay algo que sí está en nuestra mano: intentar ser nosotros ese espacio para los demás.
Ser un lugar donde el otro pueda parar, pensar y recuperar fuerzas. Escuchar sin juicio, acompañar con criterio y sostener sin invadir.
Tener una “esquinita” es importante. Y ofrecerla, también.
¿Tienes la tuya? ¿Lo eres para alguien?

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Un beso.