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Aprender a callar

Presumimos a veces de sinceridad y de no callarnos nada. Pero no siempre es lo adecuado. A veces, simplemente, no sabemos escuchar. Otras, no interpretamos el silencio. Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Los ojos fijos en los del otro, tratando de adivinar el significado de lo que dicen sin palabras. A veces quieres decir muchas cosas, pero conviene detenerse. Aguantar. Dejar que las ideas reposen. Alargar el espacio entre la pregunta y la respuesta. Esperar. Observar. Pensar en lo que el otro siente. Analizar. Escuchar de verdad. La economía de las palabras es una virtud. No exclusiva de nadie, pero sí propia de quienes entienden que no todo necesita ser dicho. Hay dudas que no requieren respuesta inmediata. Hay pensamientos que necesitan tiempo. ¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué no guardar una parte de lo que pensamos? ¿Por qué no dejar madurar algunas ideas antes de convertirlas en palabras? Somos dueños de nuestros silencios y responsables de nuestras palabras. La mente va más rápido que la boca. Y no todo lo que pensamos merece ser expresado. También se habla con el gesto. Y el silencio, a veces, dice más que cualquier discurso. Se guarda silencio en los hospitales. En los tanatorios. En los momentos solemnes. Se guarda silencio por respeto. Por dolor. Por lo que no se puede explicar. También hay silencios que nacen del impacto. Del después de un ruido. De lo que deja sin palabras. Habría que aprender a callar. No por obligación, sino por decisión. Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para entender. Callar para que el silencio también tenga su lugar. Porque el silencio no es vacío. A veces es el espacio donde todo cobra sentido. Habría que aprender a hacerse amigo del silencio. Pero tú, por favor, no me hagas caso. No te calles… al menos, conmigo. Firma © Anna López Campoy Fundadora TDAH Vallès · Diario de una Hiperactiva

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