Ya tengo cuarenta y muchos… Si tuviera veinte y pocos, quizá aún me lo creería. Pero hace tiempo que dejé de ser una creyente de discursos totalitarios, fascistas y prepotentes.
Ya no engañan a nadie. O no deberían.
Hay personas que somos sensibles a la verdad. Personas que hemos crecido, que intentamos hacer de la honestidad nuestra forma de estar. Pero también hay quienes, movidos por mensajes vacíos y objetivos poco claros, manipulan, engañan y reescriben el pasado.
Y lo hacen sin pudor. Incluso se permiten juzgar sin ningún tipo de escrúpulo.
Hay personas cansadas de vividores, de manipuladores, de quienes necesitan deformar la realidad para justificar sus actos. Discursos que recuerdan a otras épocas, sostenidos desde la imposición y la falta de respeto.
Frente a eso, también hay personas que siguen creyendo en las personas. En la honestidad, en la solidaridad, en la sensibilidad hacia lo que ocurre de verdad.
Personas que han entendido que no siempre se gana, que a veces se pierde, pero que nunca se debe avanzar a costa de los derechos de otros.
Hay personas dignas de llamarse gente.
Me gusta la gente con personalidad.
Me gusta la gente capaz de entender que uno de los mayores errores del ser humano es intentar sacar de la cabeza aquello que no sale del corazón.
La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor hacia los demás y hacia uno mismo son, a mi entender, fundamentales para llamarse gente.
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