Hace días que no escribo en mi blog y hoy, mientras hacía una tarea tan cotidiana como planchar, he pensado en el porqué. He abierto dos ventanas al mundo. Sí, dos ventanas desde las que puedo interactuar de forma diferente con mis amigos y contactos. TWITTER, VENTANA CON ECO: Es una ventana donde puedo escribir y compartir mis estados en el día a día. Muchas veces me sirve para expresar lo que me pasa, lo que siento, lo que me transmiten las personas o las situaciones. Sustituye, en parte, esa necesidad de salir y gritar. Escribes, expones… y otros leen. FACEBOOK, VENTANA SIN ECO: A diferencia de la anterior, es una ventana más dinámica. Por ella “entran” mis amigos y contactos. Cuando comparto algo, hay respuesta: comentan, opinan, apoyan o discrepan. Es una ventana donde, cuando “gritas”, no hay eco, hay retorno. También me permite “entrar” en la vida de otros: saber de sus días, sus noches, sus problemas o sus alegrías. Sin darte cuenta, ves cambios, momentos difíciles y otros más felices. Es una ventana que te acerca a la realidad y te muestra que, en el fondo, la vida es bastante similar en cualquier lugar. La condición humana se repite, independientemente del contexto. En fin, Twitter me recuerda a cuando era niña y mi padre me llevaba a una montaña. Me decía que gritara para escuchar el eco. Era una forma de soltar y volver más ligera. Facebook se parece más a aquellas conversaciones con amigos en la adolescencia, largas y estimulantes, hasta que desde el fondo de la casa se oía: “¡Anna, cuelga el teléfono, llevas dos horas!”. XING: Es una ventana en la que me siento menos cómoda. Es más fría. El valor parece estar ligado a lo que puedes aportar a nivel profesional. Si no, quedas en un segundo plano. Aun así, me ha permitido conocer a algunas personas valiosas que han trascendido lo profesional. Pocas, pero suficientes para quedarme con eso. Esto de la vida 2.0 ha sido de lo más estimulante que me ha pasado en muchos años. Ha sustituido, en parte, mi necesidad de interacción, que durante casi veinte años cubrí gracias a mi trabajo, viajando y dialogando con personas de distintos lugares. Cuando cambié de actividad profesional, esa dinámica desapareció. Pasé a un entorno más repetitivo, con las mismas caras y rutinas, que no me aportaban demasiado. Sé que hay quien no lo entiende, pero, como decía al principio, estas son mis ventanas al mundo. Y en ellas me siento cómoda.
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