Hay veces que es necesario revisar rinconcitos escondidos en nuestra alma.
El alma es como un PC, donde hay miles de archivos que hemos acumulado a lo largo de nuestra vida, pero que están guardados entre otros miles de archivos que conservas como un histórico, por si algún día necesitas recuperarlos.
Lo cierto es que muchas veces guardamos archivos que no nos gustan, y por eso los mantenemos ignorados. Pero es necesario hacer limpieza; eso favorece que nuestros recuerdos hagan surgir momentos, situaciones o acontecimientos, y no siempre tienen que ser desagradables.
Una vida da para muchos archivos, pero lo más humano es que aquellos a los que accedemos con más facilidad sean los que nos marcaron en momentos vitales.
En mi alma, y por orden cronológico, recuerdo el nacimiento de mi hermano pequeño; la mudanza a la casa que compraron mis padres, después de haber vivido casi cinco años en una habitación de una casa compartida con mis tíos; el aborto de mi madre, que me marcó mucho. Recuerdo cómo mi madre me pedía que saliera a buscar a mi padre a las tres de la madrugada porque se desangraba. Mi padre había ido a solicitar ayuda a mis tíos, ya que no teníamos coche y debíamos desplazarnos al hospital, a 20 km. A mí me daba terror salir en la noche, solo tenía 8 años.
El día que me ingresaron para operarme de apendicitis; las conversaciones de mis padres con mis tutores para decidir si hacía Formación Profesional o BUP; la incorporación al nuevo instituto, y cómo me sentía inferior en aquel ámbito. Yo, una chica de 14 años de barrio, en un colegio de élite de mi ciudad. Las miradas de muchos compañeros, de apellidos Campany, Gelabert, Vilaseca, Pou, que me recordaban que no era una de ellos, con mi apellido “López”. La lucha por no ser la “charnega” de la clase en un instituto donde asistían los niños del centro.
La selección para mi primer empleo, a los 16 años, y así contribuir a poder pagarme los estudios. Mis primeros contactos con el mundo sindical, cuando mis compañeras del taller de confección denunciaron al empresario.
Otra vez el cambio de casa, pero esta vez a un barrio dormitorio de nueva construcción. El nuevo grupo de amigos y cómo fuimos capaces de organizarnos para pedir fondos y construir una biblioteca, que inauguró el president Tarradellas.
Mi primer amigo especial, Pedro, alguien mayor que yo y que para mí era un dios.
Mis primeras frustraciones por no poder tener los Levi’s de moda o aquella colonia sinónimo de glamour, Eau de Rochas, que mis compañeras compraban en Andorra cuando iban a esquiar con su familia. Qué pequeña y poca cosa me sentía. Mi primera inscripción como solicitante de empleo en el INEM y cómo me llamaron para trabajar en una fábrica, con un horario de 6:00 a 15:00 y luego cinco horas más de instituto nocturno. Lo difícil que se me hacía mantener los ojos abiertos, el esfuerzo para concentrarme en lo que explicaban los profesores, mi aburrimiento en las asignaturas de ciencias, mis dificultades con la nueva asignatura de catalán.
Así durante tres años, donde los suspensos se fueron acumulando, donde cada día me frustraba más estudiar, donde las opiniones de los tutores a mi madre eran: “puede, pero no quiere”. Mi necesidad de salir corriendo de ese ámbito donde me ahogaba, donde la mirada de algunos profesores solo me transmitía frustración. Necesitaba salir de ese ambiente exclusivista donde quienes no éramos de la misma clase social solo éramos aceptados si éramos alumnos de diez.
Mi presentación al proceso de selección entre 1.000 personas, conseguir ser seleccionada. Sería mi trabajo durante los 18 años siguientes. Cómo, sin darme cuenta, fui posicionándome entre los mandos intermedios de la empresa, siendo alguien cuya firma, en algunos momentos, era necesaria para aplicar políticas laborales que influían en más de 12.000 trabajadores.
La decisión de dejar de estudiar y cómo se lo comuniqué a mis padres, su disgusto. Mi lucha para sacarme el carnet de conducir. Mi coche, un SEAT 127 blanco, el primero que hubo en casa.
Mi nombramiento como miembro del comité de empresa de Continente y, un año después, mi liberación sindical. Aquí fue donde adquirí todo mi bagaje profesional. Esta etapa fue realmente mi universidad. Me permitió ver mundo, viajar por España y Francia, alojarme en buenos hoteles y comer en buenos restaurantes. Para mí todo esto era nuevo y encajaba muy bien con mi forma de ser. Hoy sé que tiene que ver con mi hiperactividad. Entonces no lo sabía.
Sabía que me gustaba mi trabajo, que disfrutaba haciéndolo, que me motivaba estudiar las leyes laborales, preparar reuniones con los jefes de personal y conseguir mejoras para mis compañeros. En esta etapa comencé a crear mis primeros equipos y a dejar de ser un número en una multinacional para convertirme en Ana López, con identidad propia.
Pero no era fácil en casa. Mi madre no entendía mi trabajo, no compartía que viajara sola ni que me moviera en un entorno mayoritariamente masculino. Cuando llegaba a casa, solo podía dormir. Mi mente no procesaba más. Ahora entiendo el porqué. Entonces me sentía culpable.
Ella, una persona muy rígida en sus principios, me recordaba cada día que el mundo era difícil. Y, aunque desde la ignorancia, muchas de sus advertencias eran acertadas. Me sirvieron para ser prudente.
(Continuará)
Comentarios
Soy mexicana, no es nuevo lo que me cuentas; me ha pasmado pues veo un pequeño reflejo de lo que soy, pero un GRAN REFLEJO de mi hijo mayor.
Dame consejos...., soy abuela..., él ya es padre! Es un alma muyyyyyy buena! pero no logra despegar en su trabajo y tiene que sacar a su familia adelante; necesita despegar por su propia autoestima, vale mucho pero él no se ha dado cuenta.
¿Cómo lo ayudo? ya tiene 31 años
Tambien puedes contactarme por ese espacio.
1000Bss Tere.
http://www.facebook.com/annalopezcampoy#!/pages/EL-NINO-INCOMPRENDIDO/168757357623