Hoy es uno de esos días en los que tengo miedo al futuro.
Tengo miedo por lo que pueda pasar con nuestros hijos, con nuestros padres o con nosotros mismos.
Hace días que todo lo que nos rodea me parece pesimista, triste, caótico, vergonzoso y deshonesto.
Yo siempre he sido una persona positiva, pero quizá con la edad empiezo a mirar las cosas y las situaciones desde una perspectiva más dura, más escéptica, más consciente.
Y aun así, cuando entro por la puerta de la asociación, algo cambia en mí. Observo a los niños y me digo a mí misma: no, Anna, la botella está medio llena. Hay que seguir.
Mañana, por circunstancias personales, sé que no será un buen día. Es la primera vez en mi vida que tengo miedo a que amanezca. Miedo a enfrentarme a mi rutina.
Pero no me queda otra. Hay que sobrevivir en un mundo lleno de hipocresía. Así que ahí estaremos. Nos vestiremos para la ocasión, nos pondremos el rol que toque, una sonrisa impecable, los labios en color coral, y entraremos por la puerta pisando fuerte.
Que nadie piense que has perdido ni un ápice de tu fuerza, de tu bravura o de tu carácter. Aunque por dentro el corazón lata a mil y sostener ese papel cueste más de lo que nadie imagina.
Lo haré. Tal vez no me den un Óscar, pero pasaré la prueba. Y cuando llegue a casa, seguramente me derrumbaré en el sofá, llorando por tener que representar ese papel que tantas veces impone la propia sociedad.
Esa sociedad que te rodea durante ocho horas al día. Gente que cree que no percibes su maldad, su hipocresía o su falta de honestidad. Pero la percibes.
Y como el mundo parece una selva, y solo sobreviven quienes logran adaptarse al medio, ahí estaremos: adaptándonos y sobreviviendo, al menos, ocho horas diarias.
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