Como siempre, mis entradas tienen alguna relación con mi vida, con acontecimientos o situaciones vividas.
Hoy es una entrada muy especial. El 18 de junio de 2013 hizo 25 años que me casé, que uní mi vida a una persona que ha compartido conmigo buenos y malos momentos, y que ha sido un pilar importante en mi evolución como persona.
Podría decir que todo ha sido perfecto, pero no sería verdad. Como en todas las trayectorias, ha habido momentos buenos y momentos difíciles. Los buenos siempre permanecen; los malos tengo la suerte de olvidarlos rápido, y eso hace que la balanza se incline hacia lo positivo.
No fue fácil, no ha sido fácil, no es fácil la convivencia. Solo a base de amor, de capacidad para superar obstáculos, de paciencia y de altruismo, hemos recorrido juntos segundos, minutos y años.
El éxito o fracaso de vivir 25 años al lado de otra persona se construye con esas premisas. Estoy segura de que ha sido mucho más duro para mi marido que para mí. Mi condición de TDAH ha hecho que, en muchas ocasiones, mi forma de escapar de la saturación al intentar encajar en esta sociedad haya sido aislarme de determinadas situaciones. Algo difícil de entender desde fuera, pero que me ha ayudado a gestionar la angustia que me provocaban ciertas actitudes de personas de nuestro entorno: familia, amigos, compañeros de trabajo, la sociedad en general.
Vivir con alguien con TDAH, una condición que descubrimos años después al diagnosticar a mi hijo, no es fácil. Convivir con alguien que tiene un motor constante en la cabeza, que se focaliza intensamente en lo que le motiva y que a veces se desconecta de la realidad cotidiana requiere adaptación. Aun así, tampoco creo que sea aburrido.
Esta convivencia me ha enseñado que la humildad es necesaria, que la ira no ayuda, que una caricia puede decir más que muchas palabras, que una mirada también comunica, que un gesto refleja el estado emocional, y que su presencia me da seguridad.
En definitiva, ha sido y será una persona a la que siempre tendré que agradecer que me haya enseñado a vivir y a adaptarme, no sin dificultad, a la sociedad. Es una gran persona, un compañero de camino, un padre ejemplar, un buen hijo y un buen hermano. Ha sido tratado injustamente en muchas ocasiones, incluso por personas cercanas, pero eso no ha cambiado su carácter ni su forma de estar.
Solo espero que, cuando haga su propio balance, la balanza también se incline hacia lo positivo, como me ocurre a mí.
Te quiero, mi amor.
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