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Cuando el cuerpo empieza a marcar el ritmo

¿Cuándo empezamos a asumir esta verdad? ¿En qué momento del ciclo vital de nuestra existencia nos planteamos esta cuestión como algo real, inevitable y objetiva? Yo solo puedo explicar mi propia percepción, la que voy experimentando en ese ciclo evolutivo que se hace especialmente visible a partir de los 50 años. Supongo que cada persona lo vive de forma distinta, pero en mi caso la sensación de juventud, de creer que todavía tenía el mundo por montera y que podía hacer todo aquello que me propusiera, me acompañó durante muchos años. Mi voluntad, mi pasión por el trabajo, mi perfeccionismo, mi hiperactividad, mi imaginación y, sobre todo, mi cabezonería, me mantuvieron en ese estado de entusiasmo constante. Pero creo que nuestro cuerpo y nuestra mente son una máquina perfecta. Saben cuándo deben empezar a dar señales de ralentización. Y también saben que, si no empezamos a dosificar nuestras actuaciones a partir de cierta edad, el desgaste será mucho mayor de lo que nuestro propio organismo está preparado para asumir. Queda muy bien decir que estamos en el mejor momento de nuestras vidas. Que ahora es cuando más debemos aprovechar nuestra capacidad de trabajo, de inventiva o de superación. En algunos casos será así. Pero en muchos otros, la realidad es diferente. El cuerpo tiene su propio ritmo y acaba imponiéndolo. Yo no comparto eso que dicen algunos de que no volverían atrás. Yo firmo ya para volver a tener 20 años. Para revivir cada etapa, con lo bueno y lo malo, con las alegrías y las frustraciones. Pero como eso no es posible, incluso aunque uno fantasee con pactos imposibles, no queda otra que aprender a enfocar esta etapa desde otra mirada. Desde otros objetivos. Desde otra forma de estar. Y, aun así, reconozco que no siempre es fácil hacerlo con serenidad. Solo me queda repetir, de vez en cuando, al levantarme por la mañana, aquel refrán tan conocido: “Si cuando te levantas, a partir de los 40, no te duele nada, es que estás muerto”.

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